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Salvador Salas

Primeros capítulos de «Varios 91-92»

Los días que no sabíamos que estábamos viviendo

Lee gratis los tres primeros capítulos de la novela.

Capítulos

  1. The one and only
  2. Con nombre de guerra
  3. El límite
Portada de «Varios 91-92», de Salvador Salas: una cinta de casete TDK pegada con celo sobre papel envejecido, con una foto antigua, una entrada del Mont Saint-Michel, un pasaporte y un libro de Física de COU

1. The one and only

El verano había pasado muy rápido. Llegué al pueblo el 1 de julio con mis notas en la mano y la promesa de estudiar más que nunca para recuperar todo lo que me había quedado para septiembre. Aunque, siendo sinceros, esa promesa tenía poco de real. Siempre confiaba en la generosidad de los profesores, quienes, agotados de soportarme durante todo el año, preferían evitar encontrarse conmigo al siguiente, salvo en contadas ocasiones.

Presentarme a los exámenes de septiembre era tan natural para mí como respirar. Incluso hubo un año en el que suspendí educación física y, no lo voy a negar, me sentía orgulloso de ello. Pocas personas podían presumir de suspender educación física estando en perfecto estado de salud. Si hubo un enemigo en mis años escolares, ese fue el inventor del test de Cooper, quien, a saber bajo el influjo de qué sustancias, creó una prueba que me parecía la mayor pérdida de tiempo de toda mi vida, aunque solo durara doce minutos. Me habría encantado verle a él hacer su test y, luego, sin ducharse, aguantar dos horas seguidas de matemáticas.

Y en un abrir y cerrar de ojos estábamos a lunes 2 de septiembre de 1991, con una jornada agotadora por delante, ya que en un mismo día tenía que hacer los exámenes de las cuatro asignaturas que había suspendido en junio: geografía e historia, filosofía, matemáticas y literatura.

Me levanté temprano, me vestí y desayuné como de costumbre. Nada hacía pensar que aquel día sería distinto a cualquier otro. No estaba nervioso en absoluto; para sentir nervios habría tenido que estudiar, o al menos estudiar de verdad. Cuando tus posibilidades de aprobar son tan bajas como acertar un número en la ruleta de un casino, ponerse nervioso es imposible.

Eso sí, estaba decidido a plasmar en el papel todo lo que se me pasara por la cabeza, aunque no entendiera del todo quiénes eran los ilustrados ni qué reformas habían llevado a cabo. Mi mayor preocupación era no mezclar conceptos de unas asignaturas en los exámenes de otras: una cosa es no estudiar y otra muy distinta parecer un completo ignorante. Uno tiene su dignidad.

Llegué con suficiente antelación, probablemente el único día del curso en que lo hacía. San Pedro de la Luz Eterna: el colegio que me había visto crecer desde que entré en primero de EGB, en 1980. Y ya habían pasado once años desde entonces.

El San Pedro era un colegio de curas que mis padres habían elegido por estar cerca de casa. Un centro con una reputación construida a lo largo de los años gracias a sus alumnos brillantes, que con el paso del tiempo se habían convertido en alcaldes, ministros o médicos de renombre, pero, sobre todo, en padres de nuevos alumnos.

En el pasillo principal, por el que estaba prohibido correr —salvo si no te veían—, junto a los bonitos azulejos de mil colores, colgaban fotografías de generaciones enteras, ordenadas cronológicamente. Si te detenías a mirar con atención, podías reconocer caras que aparecían a menudo en las noticias.

En el aula donde se hacían los exámenes estaba la flor y nata del colegio, a la que, sin darme cuenta, pertenecía: desde compañeros desahuciados por sus infinitos suspensos hasta tristes alumnos agobiados por tener solo una asignatura pendiente.

Tras saludar a un par de caras conocidas, eché un rápido vistazo alrededor. Algunos chicos estudiaban como si sus vidas dependieran de ello, como si fuera posible repasar una asignatura entera en cinco minutos. Otros conversaban entre ellos, intentando adivinar cuáles serían las preguntas más probables. Algunos probaban escondites para sus interminables chuletas, sin darse cuenta de que habrían aprovechado mejor ese tiempo estudiando de verdad.

Llegué con un bolígrafo Bic azul —posiblemente el mismo con el que hice los exámenes en junio— y me senté al fondo, mi hábitat natural, esperando el inicio del primer examen.

Entre los convocados ese lunes de septiembre no estaban ni Ángel ni David ni Tito. Eran mis mejores amigos, éramos como uña y carne. Pero a diferencia de mis notas, sus colecciones de sobresalientes eran espectaculares año tras año, como si sacar un diez en física y química costara lo mismo que comer un Frigo Pie en julio.

Es posible que la gente que nos viese siempre juntos pensara que nos parecíamos mucho, pero en realidad éramos muy diferentes. Para empezar, solo había que ver quién estaba haciendo los exámenes hoy y quién estaría en la cama hasta las doce.

Llevaba sin verlos todo el verano. Los cuatro nos habíamos conocido el primer año de colegio y habíamos crecido juntos. Cuando llegó el momento de elegir entre ciencias o letras, todos optamos por ciencias puras: ellos por vocación, yo porque me daba igual un camino u otro. Mientras ellos tenían claro qué querían ser en la vida, yo no tenía claro ni lo que iba a querer comer mañana. Pero lo mejor de todo es que me daba igual.

Los había echado de menos, pero no tanto como para mandarles una carta y esperar que me contaran las correrías del verano. Sería absurdo correr el riesgo de escribirles y no obtener respuesta. Conocía tan bien a cada uno de ellos que sabía qué había sido de sus vidas sin necesidad de que me lo contaran.

Ángel, sin lugar a dudas, habría pasado el verano de fiesta en fiesta y de bar en bar. Si la juerga nocturna fuera un deporte olímpico, se habría llevado todas las medallas. Tal vez, si hubiera conseguido engañar a sus padres, habría visto amanecer alguna vez en plena calle, aunque difícilmente en un estado lo bastante decente como para apreciar la belleza del momento. Gracioso y leal, habría acumulado tantas anécdotas nocturnas que bien podría escribir un libro… si lograse recordar al menos la mitad. Siempre bromeábamos con que, de mayor, acabaría trabajando de basurero, porque si por él fuera, pasaría más tiempo en la calle de noche que el camión de la basura.

El verano de Tito habría consistido en saltar de flor en flor, con una colección de novias que a veces incluso se habrían solapado sin que las damnificadas se dieran cuenta. No sería la primera vez ni la última. Tito tenía un superpoder con las mujeres, algo innato: si se lo proponía, podía conquistar hasta a tu madre sin despeinarse. Con sus ojos azules profundos, y a pesar de ser un fumador empedernido, siempre encontraba la palabra justa, sobre todo con el género femenino. Por eso, muchas noches desaparecía de nuestro lado para librar sus propias batallas. Pero su mejor cualidad era la generosidad: todo lo suyo era tuyo. Nunca te reclamaba nada que te hubiera prestado; eras tú quien tenía que llevar la cuenta, nunca él.

Y por último, estaba David, de quien no dudaba que se habría colado en más de un concierto, asistido a las mejores fiestas y disfrutado de más copas gratis que pagadas. Conocía a todo el mundo y, lo que era más importante, todo el mundo lo conocía a él. Era un auténtico caradura, pero de los buenos, de esos que se atreven a pedir lo que otros ni siquiera imaginan que se puede solicitar. Aunque de apariencia tranquila, no era de los que huían ante un problema; si había que meterse en una pelea, él no se lo pensaba dos veces.

David era un año mayor que nosotros, ya que repitió primero de EGB cuando nosotros acabábamos de llegar. Él decía que fue por un problema en el habla que le dificultaba aprender; nosotros bromeábamos diciendo que el retraso aún no se le había pasado.

Era ese tipo de persona que siempre quieres tener en tu equipo, pero detestas cuando está en el contrario. Con todo lo que eso conlleva.

Al terminar el último examen, con la cabeza algo aturdida de tanta concentración, salí rápido antes de que me encontrara con alguien con ganas de comparar sus respuestas con las mías. Era un juego en el que casi siempre salía perdiendo.

Al pisar por fin la calle, vi a mis amigos esperándome en la plaza frente al colegio, cada uno con un cigarro en la mano, como de costumbre. Hacía treinta grados y un sol de justicia, exagerado para ser septiembre, como si alguien ahí arriba me quisiera decir: todavía es verano para todos, menos para ti.

—Reunión de pastores, ¿oveja muerta? —pregunté en cuanto llegué a su altura, como si la última vez que los hubiera visto fuera hace apenas quince minutos.

—Pues dando por hecho que tú eres la oveja, ya nos dirás si estás muerto o no —respondió Tito, apurando la última calada de su Marlboro.

Era la primera vez que existía la posibilidad real de que nuestro grupo se separase. Tenía cuatro asignaturas suspendidas para septiembre y necesitaba aprobar al menos dos para pasar de curso. Si no lo conseguía, me tocaría repetir 3.º de BUP, y mis padres ya habían dejado claro que no querían que lo hiciera en el mismo colegio donde, según ellos, «vas todos los días a cualquier cosa menos a estudiar», y razón no les faltaba. Irme a un instituto lejos de mis amigos, conocer un nuevo ambiente y una forma distinta de hacer las cosas significaba alejarme de quienes habían sido mis compañeros de viaje desde pequeño. Nadie deseaba eso menos que yo. Pero, aunque estaba en mi mano evitarlo estudiando más, el verano tiene una influencia diabólica, y yo nunca había sido ni un santo ni alguien que pensara mucho en las consecuencias de sus actos.

—Creo que hay partido —contesté, intentando no mirar a nadie a los ojos.

—Macho, has tenido más de dos meses, no me digas que has entrado ahí a jugar el partido… habrás entrado a ganarlo —dijo David.

—A ver —empecé a decir—, el de matemáticas me ha salido bien, puede que me dé para nota. Era un aprobado raspado como mucho. Geografía e historia ha sido muy difícil. Y aunque hubiera sido fácil, tampoco habría cambiado mucho. Filosofía… he gastado medio bolígrafo en lo que he escrito. Otra cosa es si era correcto. Y en literatura… dicen que el Pera se jubila y pienso que tendrá un detalle con sus últimos alumnos.

—Esto hay que celebrarlo —dijo Ángel, que parecía aún más interesado que yo en cambiar de tema—. ¿Qué os parece si quedamos esta tarde en La Cuneta para tomar una cerveza?

Solo su cara ya dejaba claro que lo importante era salir, no celebrar. Ángel siempre era así; sabía que lo difícil era convencernos de tomar algo un lunes, pero una vez que teníamos una cerveza en la mano, solo Dios sabía dónde íbamos a acabar ese día.

—Ángel, nunca te has tomado una sola cerveza en tu vida —dije sonriendo, agradecido de poder hablar de otra cosa que no fueran mis exámenes—. Mis padres no están muy contentos de que esté aquí hoy, así que, hasta que me den las notas el jueves, con el toque de queda, es imposible que salga de casa.

No sabía si el jueves habría algo que celebrar, pero prefería no pensar en ello. El jueves llegaría de todas formas, hiciese lo que hiciese. No me gustaba nada el futuro que tenía delante, ni a corto plazo —con las notas de los exámenes recién hechos—, ni a largo plazo, con un año por delante en el que, pasara lo que pasara, nuestras vidas no serían las mismas al final del curso. Si repetía, sería un viaje a lo desconocido. Y si aprobaba, se acercaba la selectividad. Eso significaba elegir un camino. Un nuevo camino. Y era imposible que todos eligiéramos el mismo.

«Al acabar COU te conviertes en un hombre con todo un futuro por delante», había oído más de una vez. A mí, el futuro me daba igual; el futuro es para los que no saben disfrutar del presente. Y mi presente estaba bien. Quizá no era el mejor, pero era mío. Estaba en mis manos. El futuro, en cambio, es imposible de controlar.

—¿Quedamos el jueves en mi casa, a las cinco? —dijo Tito—. Así nos cuentas de primera mano qué tal tus notas.

Tito vivía también cerca del colegio, en una casa mucho más grande y moderna que la mía, con ventanales de suelo a techo que dejaban pasar la luz hasta el último rincón. Allí vivía casi exclusivamente con su hermana Beatriz, un año menor que él, a la que veíamos a menudo los fines de semana.

Beatriz era amiga de Mónica, la hermana de David, y además iban juntas a clase. Muchos días David y Mónica llegaban juntos a casa de Tito, aunque se comportaban como dos completos desconocidos.

El padre de Tito era piloto comercial, «de los que vuelan aviones grandes», como él solía decir, y siempre se encontraba viajando de continente en continente. Hoy podía estar en Nueva York y mañana en Tokio. Con ese estilo de vida, era muy raro verlo en casa.

En cuanto a su madre, no sabíamos absolutamente nada de ella, más allá de las fotos que había por casa con sus hijos de pequeños. Tito nunca hablaba de su madre y nosotros, como buenos amigos, tampoco preguntábamos. Pensábamos que las cosas que están enterradas lo están por una buena razón, y no íbamos a jugar a ser arqueólogos. A veces, cuando Tito no estaba presente, nos preguntábamos qué habría sido de ella: ¿habría abandonado a la familia por la vida itinerante de su padre, o tal vez había fallecido? Fuera lo que fuese, era un tema demasiado delicado como para hablar de él.

La casa de Tito se había convertido, con el paso del tiempo, en nuestro cuartel general: un lugar donde podíamos jugar a toda clase de juegos, ver partidos de fútbol, hacer deberes o estudiar —para quienes se animaban—. Además, nunca nos faltaba algo que llevarnos a la boca, gracias a su asistenta, que iba por las mañanas a limpiar, hacer la compra y preparar la comida.

—Perfecto, nos vemos el jueves —respondí.

Y comencé a alejarme, caminando hacia mi casa, sin tener ni la más mínima gana de llegar, enfadado conmigo mismo y con un mundo que parecía negarse a seguir poniéndome la alfombra roja que me había ofrecido hasta ese momento. No pude evitar gritarles, cuando ya estaba algo lejos, con sonrisa burlona y el dedo corazón levantado:

—¡Que os den!

Al llegar a casa, mi madre apareció nada más abrir la puerta. No es que hubiera estado toda la mañana ahí. Cuando el ascensor llegaba a nuestro piso, emitía un sonido muy característico que se oía por toda la casa. Era evidente que solo podía ser el vecino o yo. La mirilla de la puerta hacía el resto del trabajo.

—¿Qué tal? ¿Ha ido todo bien? —preguntó con un tono que sonaba más a esperanza que a confianza.

Olía bien. Mi madre había cocinado algo que me gustaba y seguramente estaba ya sobre la mesa. Así que tomé la decisión de evitar una posible bronca que pudiera arruinar la comida.

—Sí, mamá —mentí—, los exámenes me han salido mucho mejor de lo que esperaba —volví a mentir—. Siento que el esfuerzo de este verano ha valido la pena —fue mi tercera mentira, al estilo de Judas—. Ahora solo queda esperar a que salgan las notas el jueves. ¿Qué hay de comer?

Estaba convencido de que no había mentido. Simplemente había omitido partes de la realidad para mejorar la convivencia familiar. En mi defensa diré que hasta el desierto se puede llenar con el agua del mar. Aunque sabía que, de alguna manera, me estaba engañando a mí mismo y a mi madre: dos mentiras por el precio de una, como en un supermercado.

Vi a mi padre en el salón, viendo la televisión y fingiendo que una noticia sobre las elecciones en Singapur le interesaba más que mis exámenes. Aunque estaba seguro de que no se había perdido ni una palabra de lo que había dicho a mi madre, dudaba que él mismo se creyera lo que había contado. Si mi madre era optimista, mi padre era realista y prefería mil veces quedarse corto que pasarse.

Vivía con mis padres y un gato macho llamado Lola, que pesaba más o menos el doble de lo que debería pesar un gato con sobrepeso, todo un mérito teniendo en cuenta que mi madre era la encargada de su dieta. Ella elegía personalmente las tres latas de comida para gatos que se zampaba cada día. Y cuando digo personalmente, quiero decir que el gato no probaba nada que ella no hubiera catado antes. Lola era la nena de papá y estaba siempre tirado en el suelo, con las cuatro patas estiradas, como si fuera una alfombra de piel disecada.

Hasta el jueves, mi vida iba de la cocina, donde desayunaba, comía y cenaba, a mi habitación. Pasaba horas encerrado allí, sumergido en la música, como si fuera una puerta hacia otra dimensión, una vía de escape que me alejaba de ese futuro detestable en el que tanto temía pensar.

Tenía un montón de cintas amontonadas sobre la mesa de estudio, que servía para cualquier cosa menos para estudiar. Además, contaba con mi radiocasete Sanyo de dos pletinas, regalo de mi cumpleaños hacía dos años. Lo utilizaba sobre todo para escuchar la radio y grabar las canciones que me gustaban, creando mis propias recopilaciones para escucharlas luego en mi walkman Aiwa. Empecé a hacerlo tan pronto tuve el radiocasete, guardando con mucho cariño mi primera recopilación de 1989.

El miércoles por la noche decidí dormirme con la música puesta. Elegí una cinta que Ángel me había grabado, llena de canciones cañeras. Puse pilas nuevas en el walkman y me metí en la cama con el volumen al máximo, tratando de no pensar que al día siguiente recibiría las notas. Era como si estuviera jugando al juego de la oca, donde el dado estaba en el aire y no sabía si caería en la casilla de la oca o en la del pozo.

Así era yo, el único e inigualable. No habría querido ser nadie más.

2. Con nombre de guerra

Mi madre entró en la habitación y, sin decir una palabra, subió la persiana y abrió la ventana de par en par. Lola rara vez entraba, porque sabía que ahí había poco que comer. Ese gato no daba un paso en vano.

El cuarto se inundó de luz y mi mente hizo una conexión curiosa: pensé en cómo debían de sentirse los vampiros de las películas cuando alguien abre sus ataúdes y los rayos de sol los invaden. Una bocanada de aire fresco me hizo taparme con la manta. Mientras mis ojos se acostumbraban a la claridad, vi que el despertador de mi mesilla marcaba las 9:41.

—Buenos días, vamos, arriba. Hoy va a ser un día excepcional, ya lo verás —afirmó mi madre.

Siempre me impresionaba la capacidad de mi madre para, primero, sentenciarme a muerte y, luego, venirse arriba. Si a finales de junio las palabras más escuchadas en mi casa eran «gandul», «vago» y otros adjetivos de la misma familia, al cabo de dos meses parecía estar convencida de que aprobar iba a ser un juego de niños.

—Te he preparado el desayuno: ocho galletas con mantequilla, de dos en dos, como te gusta. Tu padre trajo la leche antes de irse a trabajar. No te entretengas: no te falta tiempo, pero tampoco te sobra.

Emití un ligero gruñido que se podría traducir como «ya voy» y noté un fuerte dolor en la oreja. Al parecer, me había quedado dormido con los auriculares de diadema del walkman puestos y, debido al desgaste de las almohadillas, mi oreja derecha debía estar enrojecida y algo hinchada. Para rematar, había dejado activado el modo autoreverse, haciendo que la cinta se reprodujese una y otra vez, agotando por completo las pilas. Tal y como había pronosticado mi madre, estaba teniendo un comienzo de día excepcional.

Para colmo, las sábanas parecían decirme: «Quédate, ¿no ves lo bien que estás aquí? ¿Dónde vas a estar mejor que con el calorcito que tienes ahora? Solo un ratito más».

—Y dúchate, que llevas tres días sin hacerlo y no quiero que vayas oliendo a choto —gritó mi madre desde el fondo del pasillo.

Madre 1 – Sábanas 0.

La mecánica de hoy era simple. Llegabas al colegio, te plantabas frente al tablón de anuncios de tu curso y ahí estaban las listas, ordenadas por clases y en orden alfabético. Buscabas tu nombre y veías los exámenes que habías realizado, junto con el resultado: aprobado o suspenso. Las notas se publicaban a partir de las once y esa misma mañana tenías la oportunidad de asistir a la revisión de exámenes.

Jamás había asistido a una revisión de exámenes. Jamás. Había estudiantes que iban acompañados de sus padres para consultar las notas y, en caso de no haber aprobado, toda la familia se dirigía en procesión al encuentro con el profesor. Solo de pensarlo me entraban escalofríos; preferiría que me atropellara un tren antes que entrar con mis padres a ver un examen. Por suerte, ellos nunca me insinuaron que podían acompañarme a revisar las notas: no eran ingenuos, simplemente seguían la máxima de «lo que tenga que ser, será».

No era precisamente el mayor admirador de los profesores, pero tenía muy claro que, si suspendías un examen, estaba suspendido, sin importar cuántas veces fueras al despacho a reclamar. No tenía sentido acudir. Protestar era una pérdida de tiempo, y a mí no me gustaba perderlo ni hacer que los demás lo perdieran por mi culpa.

No era la primera vez que iba a ver mis notas de septiembre, así que tenía claro qué hacer y, sobre todo, qué no. Jamás debías llegar a la hora exacta en la que se publicaban las notas, y mucho menos antes. Primero, porque no era necesario que todos supieran cuántas asignaturas habías suspendido —eso sería lo primero que te preguntarían nada más verte—. Y segundo, porque la espera solo servía para aumentar los nervios. Así que saldría de casa unos diez minutos antes de la hora indicada, pero me aseguraría de tardar una hora en llegar al colegio, cuando las aguas ya estuvieran más calmadas.

Puse rumbo al colegio con las mismas ganas que una vaca de camino al matadero, viendo cómo el mundo seguía girando sin importarle lo que me iba a pasar. Cuando caminas sin prisa descubres detalles que siempre habían estado ahí y nunca habías notado: una escultura en una fachada, un banco nuevo en la plaza, la forma en que viste la gente que te cruzas… casi como si fueras un jubilado matando el tiempo, con la diferencia de que yo ni siquiera había empezado mi vida laboral.

Haciendo honor al dicho de que todos los caminos llevan a Roma, llegué al colegio a la hora prevista, es decir, tarde. No quería pensar en si iba a aprobar o suspender; solo quería saber el resultado y poder pasar a la siguiente etapa, fuera la que fuese.

Entré y me dirigí al tablón de anuncios. Observé a algunos compañeros aún merodeando por los pasillos, la mayoría acompañados por sus padres y con caras largas, lo cual no auguraba nada bueno para ellos. Finalmente, llegué al tablón y busqué mi apellido. En la línea donde deberían estar mis notas, solo encontré una escueta indicación: «Pase por el despacho del director».

Lo leí tres veces, frotándome los ojos en un intento de despejar cualquier confusión. Aun así, la realidad no cambió. Allí estaba, claramente escrito junto a mi nombre: «pase por el despacho del director», sin ninguna información adicional que ayudase a comprender por qué había aparecido esa frase en lugar de mis calificaciones.

Sin pensarlo demasiado —porque no tenía otra opción—, emprendí el camino hacia el despacho del director, al que todos conocíamos como el Morros. Me acerqué a la puerta y llamé suavemente. Un «Adelante, por favor» resonó desde el otro lado. Entré lentamente, como si quisiera que nadie oyera mis pasos, y pensando que si los nervios no traicionan, todo iría bien.

—Señor Ferrer, pase y siéntese, por favor —me dijo el director mientras entraba en su despacho—. Empezaba a creer que no iba a venir.

—Verá, es que no pensaba tener que verlo hoy —respondí con cautela, procurando no ofenderlo—. No se lo tome a mal. No es personal.

El director asintió e inclinó el cuerpo hacia mí mientras se ponía las gafas.

Estar frente al Morros en su despacho no anunciaba nada bueno. Agradecía internamente no haber tenido, hasta ese momento, la necesidad de visitarlo por méritos propios. No es que no hubiera cometido ninguna falta durante mis años en el colegio que mereciera esa visita —en más de un lío nos habíamos metido—, simplemente había tenido la suerte de escapar de las consecuencias. Al menos hasta ahora.

—Verás, Ferrer —dijo, pasando de tratarme de señor a tutearme—, no voy a andarme por las ramas. Como sabes, nuestro colegio busca siempre la excelencia, especialmente en su último curso antes de que el alumnado acceda a la universidad. Para nosotros es de suma importancia que los alumnos que cursan este último año tengan un expediente académico excelente, para que puedan elegir su futuro sin problemas. Nos esforzamos para que todos nuestros alumnos no solo aprueben las pruebas de selectividad, sino que lo hagan con una calificación que nos llene de orgullo.

—Esa nota en selectividad —prosiguió— es la carta de presentación de nuestro colegio, un lugar al que los padres desean que sus hijos asistan, porque están seguros de que recibirán una educación de calidad que los preparará para un futuro lleno de oportunidades.

Esta historia era muy vieja y ya la conocía. COU era el único curso que implicaba un coste para los bolsillos de los padres de los alumnos. Hasta tercero de BUP, podías estudiar sin pagar, pero al llegar a COU, cada alumno debía abonar una cantidad mensual. Y desde luego, barata no era. Detrás de la «carta de presentación» que el director mencionaba se encontraba una realidad, digamos, más pragmática: cuantos más alumnos cursaran el último año —no solo los que ya estábamos allí, sino también los nuevos—, más dinero se ingresaba. Y más dinero significaba mejores instalaciones, más recursos que, a su vez, atraían a nuevos alumnos y, por tanto, más dinero. Por eso, este último año estaba abierto a aquellos estudiantes de otros colegios que tenían excelentes calificaciones. Estos nuevos alumnos mantenían su nivel, obtenían buenos resultados en la selectividad, y el colegio presumía de ello. Era un círculo perfecto.

Lo que no comprendía era qué tenía que ver todo eso con mis exámenes de septiembre. Por eso, opté por guardar silencio y seguir escuchando atentamente.

—Lo que sucede es que tenemos ciertas dudas sobre si, con tu historial académico, podrías superar la selectividad e incluso aprobarla sin dificultades. Y eso, en este colegio, no nos agrada —continuó explicando.

—Tus calificaciones de septiembre son las siguientes: has aprobado literatura, probablemente porque el profesor García Peral se jubila y no desea dejar suspensos que puedan afectar a su sucesor. También has aprobado matemáticas, y, según me informan, ha sido casi un milagro —añadió.

Dos de dos, pensé. Ya estaba hecho. Pasase lo que pasase a partir de este momento, iba a pasar de curso. No sé qué pretendía el señor director, pero como jugador de póker debía de ser bastante malo, porque yo tenía la mejor mano, sin importar lo que sucediera. O al menos eso creía.

—Y hasta aquí las buenas noticias —continuó—. Geografía e historia está suspendida, al igual que filosofía. Estudiando ciencias puras, tener un curso con nueve asignaturas en lugar de siete hará aún más difícil que puedas aprobar todas las materias, ya sea en junio o en septiembre —afirmó, mostrando una ligera sonrisa en su rostro.

—Los alumnos con unos objetivos bastante complicados suelen acabar siendo una mala influencia para sus compañeros cercanos.

Dijo esta última frase sin mirarme, como si pensara en voz alta, sin dar mayor importancia al hecho de sugerir que no solo era un mal estudiante, sino que los demás podrían acabar siéndolo por mi culpa.

—No obstante —prosiguió—, como tu director, y en consideración a un alumno como tú, que ha estado toda su vida escolar en este colegio, te hago la siguiente oferta. Me comprometo a aprobarte estas cuatro asignaturas con una buena nota, a cambio de que tú busques otro colegio. Uno público, donde tus padres puedan ahorrarse la cuota mensual que pagarán aquí por un alumno que posiblemente no pueda superar un curso tan exigente como el que viene, con dos asignaturas adicionales. Debes tener en cuenta que, si no pasas de curso este año, terminarás repitiendo en un colegio público. Estoy brindándote la oportunidad de ganar un año y estudiar dos asignaturas menos. Es una oferta muy beneficiosa, especialmente si piensas en tu futuro.

Esa era la realidad: yo era la bolsa de basura que había que sacar antes de que empezara el año escolar, y mi lugar debía ser ocupado por alguien con un expediente académico impecable. Un empollón soso que no aportaba nada más que buenas notas. Quedarse aquí era cuestión de prestigio y dinero, y mis padres no tenían suficiente de ninguna de las dos cosas.

—¿Qué me dices? Tienes que tomar una decisión antes de salir de este despacho.

Cada día tomamos un montón de decisiones: qué ropa ponernos, qué canal ver en la televisión, qué disco escuchar… Estamos tan acostumbrados a decidir que a menudo lo hacemos de forma automática, sin detenernos a reflexionar. En ocasiones se nos presenta un cruce de caminos, con dos opciones al alcance de la mano, y, una vez que elegimos una, la otra desaparece para siempre. Queda oculta en la incertidumbre, sin que nunca podamos saber qué habría ocurrido si hubiéramos tomado el otro camino.

—Señor director —dije mirándolo fijamente—, nunca he estado tan seguro de una decisión en mi vida.

3. El límite

El primer día de clase siempre es importante. Quizá sea el único en el que no preparas todo el material dos minutos antes de salir de casa. Seguramente porque todo es nuevo y te da apuro no hacer caso a lo que tus padres han comprado con tanta dedicación. Haces la lista para que no se te olvide nada: el dinero del almuerzo, los bolígrafos, el estuche y los libros, que por cierto están forrados, aunque no por ti, ya que no has forrado un libro en tu vida.

Lo único que no es nuevo es la carpeta clasificadora, que te ha acompañado cada curso y que ahora tiene muchas muescas, pero no te importa, porque para ti son como galones en un uniforme militar. Durante años la has ido decorando —en mi caso, con fotos de grupos de música y de mi equipo de fútbol favorito—, y a estas alturas la consideras digna de exposición en cualquier museo.

Pero lo que hace que una carpeta sea una CARPETA, con mayúsculas, son las dedicatorias que contiene en su interior, de amigos y conocidos que, creyéndose invadidos durante unos segundos por el espíritu de Cervantes, escriben las mejores frases —ya sean graciosas o sentimentales— que alguien te puede dedicar: «Las drogas y el alcohol te hacen ver doble», escrito, claro está, con letras dobles; o expresan sus sentimientos desde lo más profundo del corazón con un «no sé escribir chorradas de estas, pero eres un tío de puta madre».

Parece que ha pasado una eternidad, pero solo hace una semana que salí del despacho del director. No me arrepentí ni un solo segundo de la decisión que había tomado: sabía que era la que tenía que tomar. Hay veces que en tu cabeza se dibuja una carretera por la que tienes que seguir recto, suceda lo que suceda, y en mi caso no vi una carretera, vi una autovía de cuatro carriles.

Cuando aquel día, después de salir del despacho del director, llegué a casa, mis padres me estaban esperando ansiosos. Los dos deseaban con todas sus fuerzas que hubiera aprobado, y tenían sus razones de peso: mi madre, para pensar que todo el esfuerzo que hizo al decirme que estudiara durante el verano había dado sus frutos; y mi padre, porque no quería ni oír hablar de todo el papeleo que implicaría cambiarme de colegio y repetir un curso.

—¡Hola! —dije en voz alta al abrir la puerta.

—Cariño, ¿cómo ha ido? —preguntó mi madre.

—¿Cómo va a ir, mamá? Pues fenomenal, estoy en COU, por supuesto —respondí—. Y vais a flipar: me ha llamado el director personalmente a su despacho para felicitarme.

Siempre hay que aderezar un poco las noticias, contarlas desde otro prisma. No se trata de alterar la realidad, sino de verla con otros ojos. Y en eso era un experto, sobre todo cuando se trataba de hablar de los asuntos del colegio con mis padres.

—¿Qué es eso de que te ha felicitado el director? —quiso saber mi padre.

—Me ha llamado para felicitarme por el esfuerzo que he hecho este verano —contesté—. Me ha dicho que, teniendo cuatro asignaturas, no es fácil hacer lo que he hecho, que es pasar de curso, y que tengo que seguir por ese camino para poder sacar el nuevo curso adelante.

—Pero, ¿cuántas asignaturas has aprobado? —volvió a preguntar mi padre.

Y es que los padres muchas veces vuelven cuando tú ni siquiera has empezado a ir, y el mío veía que en mi explicación no era oro todo lo que relucía.

—¿Y qué contestaste a tu padre? —me preguntó Ángel.

Estaba en casa de Tito, como había prometido a mis amigos antes de despedirnos por última vez. Allí estábamos los cuatro, merendando unos bocadillos; ellos, atentos a mi historia como si se tratase de una película de acción, y yo intentando poner todo el suspense que podía.

—Aquí no me quedó otra que contestarle la verdad —dije, riéndome.

—A saber cuál es tu verdad —dijo Tito, con migas de bocadillo aún en los labios.

A saber cuál era mi verdad… Qué razón tenía. A tus amigos les puedes contar casi cualquier historia, pero hay verdades que son solo para ti, que no puedes confiarle a nadie. Sobre todo las verdades que te duelen.

Aquel día salí del despacho del director con una sonrisa de oreja a oreja, convencido de mi decisión, pero por dentro tremendamente dolido. Estaba seguro de que a ninguno de mis amigos les habrían ofrecido ese pacto y que el asunto se habría resuelto con excusas como: «El chico ha tenido un mal año y hay que ayudarle» o «El último año seguro que se centra».

Pero a mí no me consideraban como a ellos. Estaba en una escala inferior, imperceptible para mí pero evidente para quienes tomaban las decisiones en el colegio cada vez que se cruzaban conmigo o salía mi nombre. Y eso dolía. Ser distinto duele. Que no te traten como a los demás duele. Y lo peor es quedarte fuera del lado bonito de la historia.

—Verdad solo hay una —les dije a mis amigos—. Me han quedado dos asignaturas para el curso que viene: geografía e historia y filosofía, pero es como si no me hubiera quedado ninguna.

—¡Tendrá cara dura el tío! —gritó Tito, soltando una risotada tan exagerada que alguna miga de su bocadillo acabó, desgraciadamente, en mi cara—. ¡Eso me lo vas a tener que explicar muy bien para que lo entienda!

—Eso me lo vas a tener que explicar muy bien para que lo entienda —dijo muy serio mi padre, que había cogido las riendas de la conversación.

De camino a casa me había preparado esta respuesta y me la había repetido varias veces para ser lo más convincente posible. Creía firmemente en lo que iba a contestar. Ese era mi punto más fuerte, o quizá mi punto más débil: cuando creía en algo, creía hasta el final, pasara lo que pasara.

—Es fácil de entender, papá. De las cuatro asignaturas que tenía, he aprobado la más difícil y la que tenía que aprobar obligatoriamente: matemáticas. Como sigo yendo por la opción de ciencias puras, arrastrarla habría sido casi imposible. Y por otra parte, al aprobar literatura, me aseguro pasar de curso.

Y ahora venía el gran toque final.

—Me ha quedado filosofía, que también la damos en COU. ¿Crees que el Topo, que me dio filosofía el año pasado y me va a dar este, va a hacerme dos exámenes diferentes? Ni en broma. Me hará uno. Si apruebo la filosofía de este año, es evidente que la del año pasado también me la sé y me aprobará las dos.

—No me gusta que llames a tus profesores por su mote —contestó mi padre.

Vamos bien, pensé, porque si de mi discurso se queda con lo del mote, el razonamiento le ha convencido.

—Y respecto a geografía e historia, yendo como voy por ciencias, ¿crees que el Piños —perdón, el señor Torremira— se va a complicar suspendiéndome un examen que no va a valer nada para mi futuro escolar? Va a querer quitarse esto de encima antes que yo, ya lo verás.

Punto para mí por lógica aplastante.

—Buah, impresionante —dijo David mientras daba tres palmadas a cámara lenta—. Señores, ni a mí se me hubiera ocurrido eso. Brillante. Y, en el fondo —vale que muy en el fondo—, es verdad. ¿Y tus padres se lo han tragado?

—No les ha quedado otra. La noticia de pasar de curso, de seguir en el colegio, les relajó bastante. A partir de ahí, pues que tengo que aprovechar más el tiempo, que este año tengo que dar el 200 %… Las típicas frases que vienen en el libro que dan a los padres cuando tienen un hijo, concretamente en el capítulo «Empuja a tu hijo adolescente hasta el siguiente nivel».

—Genial, pues como vamos a seguir los cuatro juntos, hay que celebrarlo. Hoy mejor que mañana —añadió Ángel.

—Imposible —contesté—. Sigo teniendo toque de queda, como mínimo hasta Navidad. Una cosa es la lógica aplastante y otra muy distinta es irse de rositas. Esta semana no contéis conmigo. Cuando empiecen las clases la semana que viene y mis padres se relajen, espero no seguir castigado y podremos celebrarlo como se merece.

—Entonces, ¿no vamos a poder ensayar esta semana? —preguntó Tito.

Teníamos un grupo de música desde hacía casi un año, si es que a eso se le puede llamar un grupo. A Tito, que se había adueñado de una preciosa Fender Mustang marrón y blanca que su padre tenía colgada en la pared desde hacía tiempo, se le ocurrió que, para ligar más, tener un grupo era fundamental.

—Pero, colega, si ya te llevas a todas de calle, ¿qué quieres? ¿Ligarte a sus madres también? —le decíamos entre risas.

Tito tenía un don natural para la música. Durante un tiempo tuvo un profesor que iba a su casa a enseñarle a tocar la guitarra, pero era capaz de sacar muchas canciones de oído. Decía que la música le relajaba, aunque la mayoría de las que tocábamos estaban lejos de ser relajantes. Más de una vez nos había contado que, al volver de fiesta un fin de semana, tocaba un rato la guitarra antes de acostarse. Para hacer eso, la música te tiene que gustar de verdad.

Por su parte, Ángel había ido a clases de batería. Sus padres decían que era muy inquieto y que en casa no podía pasar un día sin romper algo. Pensaron que comprarle una batería para que descargara su adrenalina a base de golpes contra bombos y platillos sería la mejor forma de cansarlo. Desafortunadamente, con el tiempo descubrieron que tocar la batería en casa era inviable. Los vecinos, en cambio, lo descubrieron el primer día.

Por otro lado, David consiguió un bajo Fender Precision casi regalado gracias a un amigo que conocía a unos chavales que habían tenido un grupo, pero se habían cansado y necesitaban dinero. Total, le salió el bajo casi gratis —ampli incluido— y, además, convenció al dueño para que le diera unas clases por el mismo precio que pagaba por el instrumento. Siempre era así con David: tenía un don para conectar con gente que conocía a más gente, y si tenías un problema o necesitabas algo, él siempre sabía a quién recurrir.

En cuanto a mí, descarté por completo pedir dinero a mis padres para comprar un teclado, así que les propuse ser el cantante. No sé muy bien por qué aceptaron; quizá me vieron tan ilusionado con la idea de formar parte del grupo que les dio igual que no tocara ningún instrumento. La voz es el instrumento más difícil de dominar —me justificaba—. El problema era que, además de cantar fatal, cuando no conocía parte de la letra de una canción me la inventaba sobre la marcha.

Cuando Tito le habló a su padre de la idea de formar un grupo, no tardó ni un instante en buscarnos un local para ensayar. Quizá porque se reconocía en nosotros, recordando su juventud. El local estaba en una especie de nave a las afueras de la ciudad, dividida en varios cubículos donde grupos de música de diferentes géneros alquilaban espacios para ensayar. Pagó por adelantado el alquiler de un año, que incluía el espacio, la posibilidad de dejar allí los instrumentos y la luz. Por si fuera poco, le dejó claro al casero que, mientras siguiéramos yendo a ensayar, el alquiler se renovaría automáticamente. Disfrutábamos mucho tocando.

No teníamos canciones propias, simplemente tocábamos las canciones que nos gustaban. Era la ventaja de no ser buenos tocando: nos atrevíamos con todo. Nunca habíamos tocado delante de nadie, ni grabado maquetas ni nada por el estilo, pero cuando tocábamos éramos felices. Y si, por casualidad, lo que tocábamos sonaba bien alguna vez, la felicidad era doble.

Recuerdo nuestro primer ensayo. El día anterior habíamos trasladado todos los trastos al local, incluido un minifrigorífico —no sé de dónde lo sacamos— que estaba ya en las últimas, pero que nos permitía tener bebidas frías. Si alguien hubiera estado allí viéndonos, habría preferido ser atropellado por un autobús antes que escuchar aquella masacre. Pero cuando acabamos de tocar, nos felicitamos los unos a los otros. Todos teníamos esa sensación única de que lo que tocábamos era una mierda, pero era nuestra mierda. Y a partir de ahí, solo podíamos mejorar.

—Preguntaré en casa —respondí—, pero mis padres no se van a tragar que estoy en el local, aunque sea verdad. Pero por preguntar, que no quede.

—Perfecto, nos vas contando —dijo Tito, con la esperanza de que nos pudiéramos juntar a tocar algo antes de empezar las clases.

Y justo antes de abrir la puerta para irme, Ángel se dirigió a mí:

—Hay una cosa que no entiendo. Si apruebas dos y suspendes dos, que es algo que, dentro de lo que cabe, es normal… ¿por qué tienes que ir al despacho del director a saber tus notas? ¿Por qué tus notas no están en el tablón como todas las demás?

A Ángel no se le escapaba una. Curioso por naturaleza e incisivo, tenía un don para captar detalles que a los demás nos pasaban desapercibidos. En esta historia, más allá de las risas y el suspense, había algo que no le acababa de cuadrar del todo.

Me di la vuelta y les miré. Me habría gustado decirles que el director me veía como una mala influencia para sus brillantes futuros, que en el colegio pensaban que no merecía una plaza para el curso que viene, que mis padres nunca saldrían en el periódico, que el dinero que iban a pagar por este curso parecía no tener el mismo valor que el que otras familias pagaban por los mismos estudios y que, al final, habían intentado comprarme.

Pero lo más importante que les habría dicho es que tomé la decisión rápidamente, sin dudar un segundo. Sabía que iba a pasarme el año con una espada de Damocles sobre la cabeza, siempre en el límite entre el bien y el mal, y que quizá la decisión de quedarme no era la más acertada. Me quedaba para intentar demostrar que estaban equivocados y que valía lo mismo que cualquiera de mis compañeros. Al fin y al cabo la vida es solo un juego en el que hay que apostar si quieres ganar. Lo que no tenía nada claro era si sería capaz de lograrlo: la teoría parecía sencilla, pero la práctica iba a ser mucho más complicada.

—¿Qué por qué me llamó el director? —contesté—. Quería el teléfono de tu casa para quedar con tu madre, dice que está muy buena.

Y me fui riéndome, sin esperar a que Ángel pudiera contestarme con una grosería más grande que la mía.

¿Quieres saber qué pasa con Ferrer y su pandilla?